¿Vieron que es común decir que todos tenemos un niño en algún lugar del corazón? Bueno, yo siempre dije que mi niño interior está súper desarrollado.
Cuando era chica, mi Tia Rosario era mi proveedora oficial de películas de Disney. Ella, la hermana de mi abuela Beatriz, era soltera y vivía en Comodoro Rivadavia. Con mi hermana íbamos a visitarla en Semana Santa, cuando iban mis abuelos. Ella nos adoraba y sólo pedía que le mandemos una cartita de vez en cuando. Tal vez no con la frecuencia que le hubiera gustado, pero cada tanto iba al correo y mandaba una carta certificada escrita en papeles lindos para la Tia Rosario.
Eso sí, ella no se perdía un cumpleaños, un día del niño ni una Navidad. Mandaba encomiendas que eran increíbles. Cada caja era un mundo de fantasía, con regalos de todo tipo, tamaño y color.
Había ropa que casi siempre nos quedaba chica, ella no nos veía muy seguido y nosotras crecíamos muy rápido. Había juguetes de esos de plástico que duraban dos o tres días y nos encargábamos de disfrutar hasta el último momento. No me olvido de los muñequitos que peleaban, por ejemplo.
Había mochilas para la escuela con dibujos de Disney, la de Pocahontas en quinto grado me la envidiaron varias compañeras.
Y lo más esperado, el mayor tesoro: La película de Disney, VHS, original.
La lista es larga y seguramente me olvido alguna: Cenicienta, El Rey León, Aladdin, Bernardo y Bianca, La Bella y la Bestia, Mary Poppins.
Mi hermana y yo mirábamos las películas hasta aprenderlas de memoria, costumbre que no se nos fue con los años y ya siendo estudiantes universitarias, en Córdoba, éramos capaces de recitar diálogos enteros de La nueva Cenicienta o Juego de Gemelas.
De todas las aventuras que nos encantaban la que realmente nos tenía fascinadas es Mary Poppins. Esa niñera que ordenaba las habitaciones solamente con un “¡Snap! ¡Y el trabajo es un juego!” y que cantaba canciones de cuna en las que “no hay que dormir ni descansar”, que corría en el hipódromo con caballos de calesita y decía palabras imposibles. Mary Poppins es, hoy, una de mis películas favoritas. Me transporta a un mundo de magia y fantasía, me devuelve la fe en las personas, me enseña algo nuevo cada vez que la veo. No puedo evitar sentir un cosquilleo en el estómago cuando escucho la música de Disney al comienzo de la película, y río a carcajadas con el “hombre que tiene un ojo de cristal llamado Smith”.
Yo creo que mi Tía Rosario nunca supo lo que desató en mi hermana y en mí cuando nos mandó Mary Poppins, y sospecho que sonríe sentada en su nube en el cielo cuando me ve planchar y cantar “Supercalifragilisticoespialidoso, aunque al oír decirlo suene enredoso”.
Debo reconocer que cuando en una reunión hay nenes, paso mas tiempo con ellos que con los adultos. Me encanta cantar canciones del jardín, siendo La brujita Tapita mi favorita absoluta. Disfruto leyendo historias que me hacían viajar cuando era chica, y especialmente Dailan Kifki me transporta a un mundo fantástico. “Estimada señorita, yo me llamo Dailan Kifki y le ruego no se espante porque soy un elefante”. Realmente María Elena tenía corazón de niña, sino no me puedo explicar como hizo para poner tanta magia en un cuento sobre elefantes que aparecen en zaguanes. La idea de plantar un árbol para obtener madera para hacer los muebles que fueron convertidos en aserrín para curarle el dolor de pancita a un elefante es tan inverosímil en la realidad como lógica parece dentro de la historia. Y el abuelo, y el bombero con manguera a lunares y el hermano Roberto que dice “Estamos fritos”. Yo no se qué opinaría Cortazar, pero Maria Elena es realismo mágico en su máxima expresión.
Y no me hagan hablar de Harry Potter porque ahí sí que no termino de escribir nunca este post. A Harry lo conocí de casualidad, cuando estaba en cuarto año del secundario. Devoré el primer libro, que una compañera me había prestado. Me prestó también el segundo y el tercero, pero tenía que esperar a que su hermanita de 8 años lo leyera primero. Para cuando salió el cuarto yo ya no tenía paciencia, el libro tenia muchas más páginas y la hermanita tardaba demasiado. Por supuesto mi príncipe azul (el Pipu) me lo regaló cuando cumplimos 8 meses de novios (el más tierno de todos).
No perdí mucho tiempo y encargué por internet la colección completa, en inglés. Cuando me fui a vivir a Córdoba los encargaba en preventa, y apenas salían en inglés los tenía en mi casa. El séptimo libro me duró una noche, en la que lo leí completo mientras mi hermana cordobesa, Lauchi, dormía en la cama de al lado porque al otro día teníamos que estudiar para rendir.
Creo que lo que me atrapa de todas estas historias es la magia. La posibilidad de que exista magia en el mundo es algo que me llena de ilusión. Yo creo en la magia, creo en Mary Poppins (aunque para los chicos de hoy sea Nanny McPhee, que también me encanta) y sobre todo creo que soy una muggle en un mundo de magos.
No veo la hora de tener hijos para compartir con ellos este cosquilleo que siento cada vez que empieza una nueva película de Disney, o cada vez que veo de vuelta una de mis favoritas. Leo Dailan Kifki y me imagino leyéndolo a mis hijos, compartiendo con ellos mi amor por los libros y especialmente mi amor por la literatura infantil. Si hoy miro todas las películas de Pixar que me pasan cerca, el día que tenga la excusa de llevar a los nenes al cine van a tener que venderme abonos mensuales.
Todos tenemos un niño interior, ¡pero el mío esta súper desarrollado!







