viernes, 27 de abril de 2012

El niño interior

¿Vieron que es común decir que todos tenemos un niño en algún lugar del corazón? Bueno, yo siempre dije que mi niño interior está súper desarrollado.
Cuando era chica, mi Tia Rosario era mi proveedora oficial de películas de Disney. Ella, la hermana de mi abuela Beatriz, era soltera y vivía en Comodoro Rivadavia. Con mi hermana íbamos a visitarla en Semana Santa, cuando iban mis abuelos. Ella nos adoraba y sólo pedía que le mandemos una cartita de vez en cuando. Tal vez no con la frecuencia que le hubiera gustado, pero cada tanto iba al correo y mandaba una carta certificada escrita en papeles lindos para la Tia Rosario.
Eso sí, ella no se perdía un cumpleaños, un día del niño ni una Navidad. Mandaba encomiendas que eran increíbles. Cada caja era un mundo de fantasía, con regalos de todo tipo, tamaño y color.
Había ropa que casi siempre nos quedaba chica, ella no nos veía muy seguido y nosotras crecíamos muy rápido. Había juguetes de esos de plástico que duraban dos o tres días y nos encargábamos de disfrutar hasta el último momento. No me olvido de los muñequitos que peleaban, por ejemplo.
Había mochilas para la escuela con dibujos de Disney, la de Pocahontas en quinto grado me la envidiaron varias compañeras.
Y lo más esperado, el mayor tesoro: La película de Disney, VHS, original. 
La lista es larga y seguramente me olvido alguna: Cenicienta, El Rey León, Aladdin, Bernardo y Bianca, La Bella y la Bestia, Mary Poppins.
Mi hermana y yo mirábamos las películas hasta aprenderlas de memoria, costumbre que no se nos fue con los años y ya siendo estudiantes universitarias, en Córdoba, éramos capaces de recitar diálogos enteros de La nueva Cenicienta o Juego de Gemelas.
De todas las aventuras que nos encantaban la que realmente nos tenía fascinadas es Mary Poppins. Esa niñera que ordenaba las habitaciones solamente con un “¡Snap! ¡Y el trabajo es un juego!” y que cantaba canciones de cuna en las que “no hay que dormir ni descansar”, que corría en el hipódromo con caballos de calesita y decía palabras imposibles. Mary Poppins es, hoy, una de mis películas favoritas. Me transporta a un mundo de magia y fantasía, me devuelve la fe en las personas, me enseña algo nuevo cada vez que la veo. No puedo evitar sentir un cosquilleo en el estómago cuando escucho la música de Disney al comienzo de la película, y río a carcajadas con el “hombre que tiene un ojo de cristal llamado Smith”. 
Yo creo que mi Tía Rosario nunca supo lo que desató en mi hermana y en mí cuando nos mandó Mary Poppins, y sospecho que sonríe sentada en su nube en el cielo cuando me ve planchar y cantar “Supercalifragilisticoespialidoso, aunque al oír decirlo suene enredoso”.
Debo reconocer que cuando en una reunión hay nenes, paso mas tiempo con ellos que con los adultos. Me encanta cantar canciones del jardín, siendo La brujita Tapita mi favorita absoluta. Disfruto leyendo historias que me hacían viajar cuando era chica, y especialmente Dailan Kifki me transporta a un mundo fantástico. “Estimada señorita, yo me llamo Dailan Kifki y le ruego no se espante porque soy un elefante”. Realmente María Elena tenía corazón de niña, sino no me puedo explicar como hizo para poner tanta magia en un cuento sobre elefantes que aparecen en zaguanes. La idea de plantar un árbol para obtener madera para hacer los muebles que fueron convertidos en aserrín para curarle el dolor de pancita a un elefante es tan inverosímil en la realidad como lógica parece dentro de la historia. Y el abuelo, y el bombero con manguera a lunares y el hermano Roberto que dice “Estamos fritos”. Yo no se qué opinaría Cortazar, pero Maria Elena es realismo mágico en su máxima expresión.
Y no me hagan hablar de Harry Potter porque ahí sí que no termino de escribir nunca este post. A Harry lo conocí de casualidad, cuando estaba en cuarto año del secundario. Devoré el primer libro, que una compañera me había prestado. Me prestó también el segundo y el tercero, pero tenía que esperar a que su hermanita de 8 años lo leyera primero. Para cuando salió el cuarto yo ya no tenía paciencia, el libro tenia muchas más páginas y la hermanita tardaba demasiado. Por supuesto mi príncipe azul (el Pipu) me lo regaló cuando cumplimos 8 meses de novios (el más tierno de todos).
No perdí mucho tiempo y encargué por internet la colección completa, en inglés. Cuando me fui a vivir a Córdoba los encargaba en preventa, y apenas salían en inglés los tenía en mi casa. El séptimo libro me duró una noche, en la que lo leí completo mientras mi hermana cordobesa, Lauchi, dormía en la cama de al lado porque al otro día teníamos que estudiar para rendir. 
Creo que lo que me atrapa de todas estas historias es la magia. La posibilidad de que exista magia en el mundo es algo que me llena de ilusión. Yo creo en la magia, creo en Mary Poppins (aunque para los chicos de hoy sea Nanny McPhee, que también me encanta) y sobre todo creo que soy una muggle en un mundo de magos.
No veo la hora de tener hijos para compartir con ellos este cosquilleo que siento cada vez que empieza una nueva película de Disney, o cada vez que veo de vuelta una de mis favoritas.  Leo Dailan Kifki y me imagino leyéndolo a mis hijos, compartiendo con ellos mi amor por los libros y especialmente mi amor por la literatura infantil. Si hoy miro todas las películas de Pixar que me pasan cerca, el día que tenga la excusa de llevar a los nenes al cine van a tener que venderme abonos mensuales.
Todos tenemos un niño interior, ¡pero el mío esta súper desarrollado!

viernes, 20 de abril de 2012

Los perritos de mi vida


En mi familia somos perreros. No podemos evitarlo, la familia no esta completa sin un perrito. 
Cuando éramos chicas, mi hermana 3 y yo 6, llegó por primera vez a casa (y luego de mucho ruego) el Pompi. La noche que lo llevaron, tenia garrapatas por todos lados. Nunca me voy a olvidar la imagen de mi mamá con el perrito en brazos y las garrapatas caminándole por el cuerpo a ella. Obviamente esa noche no tuvimos permiso para acercarnos y aunque pataleamos no pudimos hacerle ni un mimito.
Al otro día, a primera hora, fue derecho a la veterinaria a darse un baño. Cuando volvió era una cosita tan hermosa, tan pomponosa, que no quedó otra opción, tuvimos que llamarlo Pompi. Cuando Pompi tenia 10 años, para el cumpleaños de 13 de mi hermana, vino Junior. Un canichito pequeño, hermoso y todo suavecito. El Pompi al principio no quería saber nada de ese invasor, pero Junior se lo compró rápido.
Por 7 años fueron inseparables. Pompi se nos fue a los 17 años, de viejito cuando su cuerpo no pudo más. Fue uno de los perritos más amados y mimados del mundo y lo extrañamos mucho.
Mientras tanto, en Córdoba, Mateo Timoteo había llegado para hacernos compañía en nuestra vida de estudiantes. Desde el primer día, me compró con sus ojitos almendrados. ¡Era tan negro que no se le distinguía la cara! Mateito nos alegró la vida durante 5 años, y se fue demasiado pronto por problemas neurológicos. Seguramente fue la epilepsia que lo afectó durante toda su vida la que hizo que su cerebro no funcionara normalmente, y un mal día de agosto se fue. Nunca lo vimos venir, lo lloramos mucho y es el día de hoy que cuando lo pienso se me llena el corazón de nostalgia. 
Esos tres perritos fueron mi alegría durante buena parte de mi vida, y los amé tanto que los voy a tener siempre conmigo. Después de tomarle las huellas a Mateito me fui a la casa de tatuajes y me hice tres patitas en la espalda: una por cada uno. Todavía tengo guardado el papel en el que lo hicimos pisar después de pintarle la patita con tempera.
Cuando vinimos a Mendoza decidimos que íbamos a esperar para tener un perrito, y nos duro muy poco esa decisión. Dos meses después, el mismo agosto que Mateito nos dejó, Galileo Escaramuza se vino a vivir con nosotros. 
¡Ay Galileo! ¡Qué bien le hacías honor a tu segundo nombre! Los primeros días todo lo que hacía era morder. Mordía dedos, narices, tobillos, orejas, muebles, lo que se le cruzara por el camino. Llegamos a pensar que tenía algún problema, porque no podíamos hacerle un mimo sin que nos mordiera. Por suerte creció y dejó atrás esa maña, aunque otras las mantiene y nos hace renegar.
Una tarde volviendo a casa vi una ovejita en la calle y paré para ver si estaba perdida. No tenía collar y estaba muy asustada, por lo que decidí agarrarla y llevarla a casa. La historia del rescate es para otro post, incluye zanjas y bomberos.
Así llegó Zanji, casi sin querer se terminó quedando y hoy es la reina de la casa. Con Gali son como hermanitos. A veces pelean, otras veces juegan y de a ratos no se prestan atención. 
Otro miembro de la familia, al que veo poco y extraño mucho, es Felipe. Mi sobrino, el perrito de mi hermana y su novio. Felipe es un caniche exótico, tricolor. La antípoda de Galileo: hace caso, hace pis afuera, sale a pasear y no se escapa. Es un dulce de leche, todo suavecito y bello. La hace feliz a mi hermana, y eso hace que yo lo ame con locura.
Esos son los perritos de mi vida. 
Sin ellos, yo no sería la persona que soy. Ellos me enseñan que para ser feliz hace falta muy poco, que no importa lo mal que esté todo siempre alguien está feliz de verme, que el amor es incondicional. Hacen, sin saberlo, más por mi que yo por ellos.




martes, 17 de abril de 2012

Dos loquitos reincidentes


Nos conocimos en verano. Yo tenía 14, el estrenaba 15. Teníamos amigos en común que nos presentaron, compartimos una tarde o dos de playa y después el comienzo de clases nos separó. Yo iba a la Costa, el a la 710.

No pasó mucho tiempo cuando, más por acompañar a mi amiga que por convicción propia, me acerqué al grupo juvenil de la iglesia de mi barrio. ¡Qué sorpresa! Ahí estaba él, el destino se encargaba de juntarnos nuevamente.

Pasaban las reuniones de los sábados y cada vez nos acercábamos más. Se convirtió en mi amigo y confidente. Para él, la cosa era distinta. Se estaba enamorando y no se animaba a decírmelo, porque sabía que había entrado en la tan temida “zona de amigo” de la que resulta casi imposible salir victorioso.

Pasaron algunos meses y luego de vender quién sabe cuántas empanadas para juntar unos pesos, llegó el tan esperado viaje a Luján. La noche anterior a la peregrinación fuimos a comer a McDonald´s y a la vuelta me acompañó a la casa de la familia que me alojaba. En el camino empecé a sentir que había algo distinto en ese chico. El fin de semana siguiente lo confirmé: estábamos en medio de la misa, él como siempre tocaba la guitarra y cantaba. De repente escuché su voz, la de todos los sábados, y sonó diferente. Desde ese momento, no hubo vuelta atrás.
Nos pusimos de novios un 23 de noviembre a la tarde, y nos dimos nuestro primer beso entre risas tímidas. A partir de ese día, fuimos inseparables.

Pasaron dos años de aventuras, de nuevas experiencias y sobre todo de mucho amor. Siempre nos decíamos que si era real, no importaban los años que estuviéramos separados. Si es de verdad, pensábamos, nos vamos a encontrar más adelante. Cuando por fin podamos vivir nuestra historia sin pausas.

Terminó el secundario y con él nuestra historia de amor adolescente. Nos fuimos lejos, yo a Córdoba y él a Villa Mercedes. Vivimos muchas cosas, crecimos, dejamos atrás a esos dos niños enamorados que éramos. Siempre fuimos amigos, y en cada viaje a Madryn aprovechábamos para juntarnos, ponernos al día, salir a tomar algo. En cada nueva relación, yo siempre pensaba ninguna es como aquélla, debe ser por eso de “el primer amor nunca se olvida”.

Quiso el destino que una de mis amigas consiguiera trabajo en Villa Mercedes, y que yo empezara a viajar para visitarla. Yo ya me había recibido, había viajado por Europa y estaba pasando por una etapa en la que no tenía idea qué iba a ser de mi futuro. Justo terminaba una relación muy complicada y parecía que lo que se venía, no importaba qué fuera, iba a ser muy bueno. ¡Cuánta razón tenía!

Él también estaba saliendo de una relación difícil y esa situación en común hizo que retomáramos un diálogo que habíamos descuidado con el tiempo. Si bien nunca habíamos perdido el contacto, ya no éramos tan unidos como los primeros años universitarios.
Muy pocas noches en vela frente a la pantalla, MSN de por medio, fueron suficientes para darnos cuenta de que algo estaba pasando. Nos tiramos de cabeza a una pileta que sabíamos rebalsaba de agua, y con el primer beso vino el primer te amo. Los sentimientos volvieron como una avalancha, implacables, imparables. Una vez más, no hubo vuelta atrás.

Conseguí un trabajo en Villa Mercedes y me mudé. El mismo día una valija de él apareció en la habitación y no se fue más. No había pasado un mes cuando a él se le presentó una oportunidad laboral buenísima. Se tenía que mudar a Mendoza y me preguntó, ¿vos qué haces? Nunca pensé tan poco una respuesta, renuncié a mi trabajo y lo seguí.

A los pocos meses nos casamos, ante la mirada atónita de los nuevos amigos, y la mirada cómplice de los que conocían nuestra vieja historia.

Hoy lo miro y recuerdo aquellas conversaciones, en las que asegurábamos que si nuestro amor era real iba a superar los años y nos iba a juntar cuando estuviéramos listos. No puedo evitar sonreír, qué sabio es el amor cuando es adolescente.

Somos reincidentes, y nos encanta.

lunes, 16 de abril de 2012

Un nuevo cuaderno, un nuevo comienzo.


   Pocas cosas me gustan más que agarrar un cuaderno vacío, abrirlo y escribir la primera línea. Esa línea que define de qué va a tratarse ese cuaderno, una sola oración que marcará el rumbo de las siguientes 80 páginas rayadas tamaño A4, en la mayoría de los casos.Cuando iba a la primaria, era especial el día en que me tocaba empezar cuaderno nuevo. Siempre con la letra más prolija, subrayando los títulos con lápices de colores y poniendo todo mi esmero en la tarea asignada por la seño. Ese mismo cuaderno se tornaba un poco más desprolijo con cada hoja que pasaba, para terminar siendo un caos y dejar paso a una nueva etapa, un nuevo comienzo más prolijo y ordenado.
    Curiosamente, este cuaderno digital que hoy empiezo me encuentra a mi en el final de un cuaderno anterior. Estoy terminando una etapa caótica y mirando para adelante con la esperanza de que lo que viene sea, como en primer grado, un comienzo más prolijo y ordenado.
    El Blog de la Pipu empieza en una etapa en la que estoy viviendo en Mendoza, enamorada, casada, desempleada y con varios kilos de más.Después de siete años viviendo en Córdoba, de experiencias hermosas y otras no tanto, de un título conseguido con esfuerzo, lágrimas y más de mil risas compartidas, de dos meses paseando por Europa, y de una enorme incertidumbre respecto del futuro, la vida me reencontró con mi primer amor. 
    Un cambio se venía y lo aceptamos con muchas ganas. Una mudanza a Villa Mercedes con la excusa de un trabajo se convirtió en nuestra primera experiencia conviviendo, algo que aún hoy desmentimos entre guiños cómplices.Pasaron apenas unas semanas y el cambio resultó ser bastante más grande de lo que al principio parecía: había que mudarse a Mendoza. 
    Sin dar demasiadas explicaciones, un buen día cargamos nuestras cuatro cajas en el baúl del auto y nos vinimos. ¡Cuánta ilusión traíamos en esas cuatro cajas! Alquilamos un departamento y empezamos a comprar muebles. Las primeras semanas comíamos sentados en el piso, al lado de los calefactores encendidos. Nos reíamos de nuestra escasez de ollas y pedíamos comida por teléfono. 
    Entre mates y largos viajes a Madryn, decidimos que no tenía sentido esperar y pusimos fecha para el casamiento. Por supuesto hubo que desmentir rumores de embarazo, ¡es que nadie entendía por qué nos hacíamos todo tan rápido! A los pocos meses estábamos vestidos de gala, poniendo alianzas de oro en nuestros dedos y diciéndole a nuestros más queridos amigos y familiares que queríamos compartir nuestra vida. 
    Pasaron dos años de la mudanza a Mendoza, un año y medio del casamiento y en ese tiempo pasaron muchas cosas: llegó Galileo Escaramuza para alegrarnos la vida y darnos vuelta la casa haciéndole honor a su segundo nombre, después de pelearla unos meses una enfermedad horrible se llevó a mi abuela Beatriz, con mucha ansiedad recibimos la noticia más hermosa pero la ilusión nos duró muy poco, sin estar buscando un compañero para Gali encontramos a Zanji que llegó a casa a pedir mimos a fuerza de piñas y patadas y en todo momento seguimos para adelante jugando con las cartas que tenemos y sin hacerle trampa al destino.
    Hoy estamos terminando este cuaderno con aires de montaña. Si sale todo bien, en lugar de agregarle hojas vamos a cerrarlo y empezar uno nuevo con aires de mar. Juntos, porque no hay mejor forma de vivir la vida que vivirla de a dos.
    Esto es el Blog de la Pipu, un nuevo comienzo.