viernes, 20 de abril de 2012

Los perritos de mi vida


En mi familia somos perreros. No podemos evitarlo, la familia no esta completa sin un perrito. 
Cuando éramos chicas, mi hermana 3 y yo 6, llegó por primera vez a casa (y luego de mucho ruego) el Pompi. La noche que lo llevaron, tenia garrapatas por todos lados. Nunca me voy a olvidar la imagen de mi mamá con el perrito en brazos y las garrapatas caminándole por el cuerpo a ella. Obviamente esa noche no tuvimos permiso para acercarnos y aunque pataleamos no pudimos hacerle ni un mimito.
Al otro día, a primera hora, fue derecho a la veterinaria a darse un baño. Cuando volvió era una cosita tan hermosa, tan pomponosa, que no quedó otra opción, tuvimos que llamarlo Pompi. Cuando Pompi tenia 10 años, para el cumpleaños de 13 de mi hermana, vino Junior. Un canichito pequeño, hermoso y todo suavecito. El Pompi al principio no quería saber nada de ese invasor, pero Junior se lo compró rápido.
Por 7 años fueron inseparables. Pompi se nos fue a los 17 años, de viejito cuando su cuerpo no pudo más. Fue uno de los perritos más amados y mimados del mundo y lo extrañamos mucho.
Mientras tanto, en Córdoba, Mateo Timoteo había llegado para hacernos compañía en nuestra vida de estudiantes. Desde el primer día, me compró con sus ojitos almendrados. ¡Era tan negro que no se le distinguía la cara! Mateito nos alegró la vida durante 5 años, y se fue demasiado pronto por problemas neurológicos. Seguramente fue la epilepsia que lo afectó durante toda su vida la que hizo que su cerebro no funcionara normalmente, y un mal día de agosto se fue. Nunca lo vimos venir, lo lloramos mucho y es el día de hoy que cuando lo pienso se me llena el corazón de nostalgia. 
Esos tres perritos fueron mi alegría durante buena parte de mi vida, y los amé tanto que los voy a tener siempre conmigo. Después de tomarle las huellas a Mateito me fui a la casa de tatuajes y me hice tres patitas en la espalda: una por cada uno. Todavía tengo guardado el papel en el que lo hicimos pisar después de pintarle la patita con tempera.
Cuando vinimos a Mendoza decidimos que íbamos a esperar para tener un perrito, y nos duro muy poco esa decisión. Dos meses después, el mismo agosto que Mateito nos dejó, Galileo Escaramuza se vino a vivir con nosotros. 
¡Ay Galileo! ¡Qué bien le hacías honor a tu segundo nombre! Los primeros días todo lo que hacía era morder. Mordía dedos, narices, tobillos, orejas, muebles, lo que se le cruzara por el camino. Llegamos a pensar que tenía algún problema, porque no podíamos hacerle un mimo sin que nos mordiera. Por suerte creció y dejó atrás esa maña, aunque otras las mantiene y nos hace renegar.
Una tarde volviendo a casa vi una ovejita en la calle y paré para ver si estaba perdida. No tenía collar y estaba muy asustada, por lo que decidí agarrarla y llevarla a casa. La historia del rescate es para otro post, incluye zanjas y bomberos.
Así llegó Zanji, casi sin querer se terminó quedando y hoy es la reina de la casa. Con Gali son como hermanitos. A veces pelean, otras veces juegan y de a ratos no se prestan atención. 
Otro miembro de la familia, al que veo poco y extraño mucho, es Felipe. Mi sobrino, el perrito de mi hermana y su novio. Felipe es un caniche exótico, tricolor. La antípoda de Galileo: hace caso, hace pis afuera, sale a pasear y no se escapa. Es un dulce de leche, todo suavecito y bello. La hace feliz a mi hermana, y eso hace que yo lo ame con locura.
Esos son los perritos de mi vida. 
Sin ellos, yo no sería la persona que soy. Ellos me enseñan que para ser feliz hace falta muy poco, que no importa lo mal que esté todo siempre alguien está feliz de verme, que el amor es incondicional. Hacen, sin saberlo, más por mi que yo por ellos.




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