martes, 17 de abril de 2012

Dos loquitos reincidentes


Nos conocimos en verano. Yo tenía 14, el estrenaba 15. Teníamos amigos en común que nos presentaron, compartimos una tarde o dos de playa y después el comienzo de clases nos separó. Yo iba a la Costa, el a la 710.

No pasó mucho tiempo cuando, más por acompañar a mi amiga que por convicción propia, me acerqué al grupo juvenil de la iglesia de mi barrio. ¡Qué sorpresa! Ahí estaba él, el destino se encargaba de juntarnos nuevamente.

Pasaban las reuniones de los sábados y cada vez nos acercábamos más. Se convirtió en mi amigo y confidente. Para él, la cosa era distinta. Se estaba enamorando y no se animaba a decírmelo, porque sabía que había entrado en la tan temida “zona de amigo” de la que resulta casi imposible salir victorioso.

Pasaron algunos meses y luego de vender quién sabe cuántas empanadas para juntar unos pesos, llegó el tan esperado viaje a Luján. La noche anterior a la peregrinación fuimos a comer a McDonald´s y a la vuelta me acompañó a la casa de la familia que me alojaba. En el camino empecé a sentir que había algo distinto en ese chico. El fin de semana siguiente lo confirmé: estábamos en medio de la misa, él como siempre tocaba la guitarra y cantaba. De repente escuché su voz, la de todos los sábados, y sonó diferente. Desde ese momento, no hubo vuelta atrás.
Nos pusimos de novios un 23 de noviembre a la tarde, y nos dimos nuestro primer beso entre risas tímidas. A partir de ese día, fuimos inseparables.

Pasaron dos años de aventuras, de nuevas experiencias y sobre todo de mucho amor. Siempre nos decíamos que si era real, no importaban los años que estuviéramos separados. Si es de verdad, pensábamos, nos vamos a encontrar más adelante. Cuando por fin podamos vivir nuestra historia sin pausas.

Terminó el secundario y con él nuestra historia de amor adolescente. Nos fuimos lejos, yo a Córdoba y él a Villa Mercedes. Vivimos muchas cosas, crecimos, dejamos atrás a esos dos niños enamorados que éramos. Siempre fuimos amigos, y en cada viaje a Madryn aprovechábamos para juntarnos, ponernos al día, salir a tomar algo. En cada nueva relación, yo siempre pensaba ninguna es como aquélla, debe ser por eso de “el primer amor nunca se olvida”.

Quiso el destino que una de mis amigas consiguiera trabajo en Villa Mercedes, y que yo empezara a viajar para visitarla. Yo ya me había recibido, había viajado por Europa y estaba pasando por una etapa en la que no tenía idea qué iba a ser de mi futuro. Justo terminaba una relación muy complicada y parecía que lo que se venía, no importaba qué fuera, iba a ser muy bueno. ¡Cuánta razón tenía!

Él también estaba saliendo de una relación difícil y esa situación en común hizo que retomáramos un diálogo que habíamos descuidado con el tiempo. Si bien nunca habíamos perdido el contacto, ya no éramos tan unidos como los primeros años universitarios.
Muy pocas noches en vela frente a la pantalla, MSN de por medio, fueron suficientes para darnos cuenta de que algo estaba pasando. Nos tiramos de cabeza a una pileta que sabíamos rebalsaba de agua, y con el primer beso vino el primer te amo. Los sentimientos volvieron como una avalancha, implacables, imparables. Una vez más, no hubo vuelta atrás.

Conseguí un trabajo en Villa Mercedes y me mudé. El mismo día una valija de él apareció en la habitación y no se fue más. No había pasado un mes cuando a él se le presentó una oportunidad laboral buenísima. Se tenía que mudar a Mendoza y me preguntó, ¿vos qué haces? Nunca pensé tan poco una respuesta, renuncié a mi trabajo y lo seguí.

A los pocos meses nos casamos, ante la mirada atónita de los nuevos amigos, y la mirada cómplice de los que conocían nuestra vieja historia.

Hoy lo miro y recuerdo aquellas conversaciones, en las que asegurábamos que si nuestro amor era real iba a superar los años y nos iba a juntar cuando estuviéramos listos. No puedo evitar sonreír, qué sabio es el amor cuando es adolescente.

Somos reincidentes, y nos encanta.

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